martes, 30 de junio de 2009

El paisaje boliviano de Nicolás Castellanos

Dueños de un colosal y a la vez desolado paisaje, los bolivianos conviven con la pobreza y el dolor desde tiempos ancestrales. Los nombres del horror son  también los  mitos que aprendieron  de sus antepasados en su lengua aymará nunca olvidada: Tiwanaku, Illimani, Lago Titicaca.  Afrontan el futuro con la esperanza de comenzarlo todo de nuevo, rehacer el paisaje humanizado que contrasta, en su brutal realidad,  con la serena quietud, con la claridad de los Andes,  de colosal belleza. Es el Altiplano, el desolado paisaje rural de cabañas de adobe y cubiertas de paja o hierba seca, formado por áridos campos de cultivo donde escasos animales pastan en el secarral, y en el que las figuras infantiles, protegidos por sus madres redondas con pollera en el suelo y cubiertas con el sombrero característico, son la única nota de color que destaca en la inmensa llanura de barro.


La Paz (Bolivia) 

La ciudad de la Paz es gris en la madrugada. La recuerdo envuelta en la niebla que, al descender, iba dejando al descubierto la ladera formada por inmensas coladas de barro, derrubios y aglomerados como si descendieran al fondo de la tierra, tapizada por una infinita arquitectura de cubos de ladrillo sin enfoscar, sin concluir, aunque habitadas. Con las primeras luces de la madrugada, a medida que la niebla se despeja y el cielo cobra un intenso azul, aparecen las cumbres nevadas de los Andes en el horizonte de la Paz; los Andes imponentes que la cierran por el Oeste.

Desde la Paz se llega a Santa Cruz a través de  una carretera tortuosa, que salva altitudes que van de los 4.000 a los 400 metros, y que se divisa desde el aire como una sierpe desafiante. Al llegar al Oriente boliviano se impone la visión de su inmensa llanura vegetal, ocupada por las plantaciones tropicales en grandes explotaciones y los rebaños de ganados blanquecinos de cuernos retorcidos. En la selva nocturna, el silencio  es un ruido incesante de vida al acecho que estalla colosal en la madrugada, desde los insectos a los graznidos salvajes de  aves y otros animales que crecen y crecen. A veces el viento feroz llena las estancias de un polvo rojo y penetrante que inunda el paisaje de una coloración borrosa. Es así, el cielo es bruma de polvo, invisible claridad.


Santa Cruz se expande en medio del difícil  laberinto boliviano. Donde antes era la selva y el multicolor del arbolado se extiende, desaparecida aquélla y con brutal certeza, la masa humana sumida mayormente en la miseria. Es mezcla de visiones, olores y comportamientos que en sus anillos periféricos nos acercan al círculo visible del infierno dantesco, abierto al mundo cada día en un sálvese quién pueda dentro de un desolado marasmo vital de gentes envueltas en el calor tropical por el que  circula en lecho abierto la cloaca urbana. En el quinto anillo del barrio 3.000, vi “El Paraíso” en un rincón, ocupando una vasta extensión verde, con construcciones modernas, limpias, en las que la hermana Belén con su abierta sonrisa crea un orden que no impone. Múltiples estudiantes de todo el Cono Sur desarrollan allí su formación y ponen a prueba su inteligencia. De pronto, salas y comedores se llenan de otras gentes. Vi fotos de grupos de mujeres solas, o de ancianos o de soldados. También vi niños de verdad con múltiples discapacidades, en ropa deportiva celebrando felices las Olimpiadas Nacionales con sus maestros y monitores. Gentes  diversas acuden a comer por turnos. Hay agua limpia en la ducha, comida diaria, silencio,  soledad, tiempo para la reflexión y el debate y una gran solidaridad. En el espacio nocturno es el momento de la música, de las músicas de toda la “cintura cósmica del Sur”. No llegué a visitar la Casa Cuna donde las madres, cuando no pueden sostener a sus recién nacidos, los llevan para recuperarles de sus enfermedades y desnutrición crónicas.


Es la Ciudad de la Alegría del Proyecto Hombre, donde Nicolás Castellanos, ausente, está presente. Construida con fondos de la Cooperación española, un pedazo de paraíso en un rincón de Bolivia, yo lo vi. ¿Quieres venir a palacio? Me dijo un día Martín, profesor entrañable. Creí que se trataba de un verdadero palacio y, por curiosidad, acepté. La puerta abierta, y franqueable a quien quiera, da a un pasillo de tierra envuelto en una vegetación cubierta inevitablemente por el polvo del tráfico incesante  de todo tipo de vehículos que recorren el Quinto  Anillo  que  la rodea.


La casa rezuma pobreza, como todas las de su entorno. Es mínima en su arquitectura y pertenencias, con un  reducido espacio de reposo para D. Nicolás Castellanos y el ocupado por las salas de algún cooperante entregado a una labor encomiable. La cocina y el baño reproducen las míseras condiciones de las viviendas, de esas construcciones de barro, con paredes y cubiertas donde se entremezclan la madera, el adobe o el ladrillo y algún vano, mínimo. Todo está en orden, mientras, como única nota de modernidad, un gran mapa de Bolivia, un ordenador y una mesa de madera clara.  Yo lo vi todo y me impresionó.


Allí vive D. Nicolás, el que fuera obispo de Palencia. Decidió cambiar el confort de la residencia palentina por el “palacio” de Santa Cruz. Recientemente lo asaltaron en busca de dinero. Encontraron 57 dólares. Mas él es dueño de un tesoro intangible que nadie puede arrebatarle, su eterna juventud, su fortaleza a los más de setenta años y la bondad infinita de su persona. Dice Sándor Maraí que ”la juventud es una percepción singular de la vida y que mientras dura la juventud nadie puede hacernos daño”.  Me dijo: “ya ves, en España los chicos lo tienen todo y no ven claro su futuro, aquí solo tenemos esperanza”.

martes, 9 de junio de 2009

El futuro de la esfinge: Barack Obama en El Cairo

Ni siquiera la belleza de las nubes grises con amenaza de tormenta en el cielo vallisoletano logró alejar de mi pensamiento la espléndida portada de "El Norte de Castilla" en la que se mostraba al Presidente de Estados Unidos, el  joven Barack Obama,  ante la árida, mineral y eterna imagen de la esfinge de Giza. La figura mira el tiempo, lo tiene en sus ojos, su mirada perdida lo ve pasar con la eterna belleza del origen, mientras conserva su esplendor en medio del desierto. Es una sensación que jamás se olvida. Es la que tuve con ocasión de mi primer viaje a El Cairo, cuando escribí que “la esfinge mira al futuro, mientras yo vuelvo el rostro para ver en ella el pasado”.



Lo he recordado de nuevo al comprobar que la imagen de Obama en ese entorno me ha dado la razón. Tal vez, en medio del desierto, y desde hace miles de años, la esfinge anclada en Giza esperaba al presidente norteamericano que para muchos de nosotros representa el futuro, pues no en vano el hecho de que un hombre de origen africano pise la capital egipcia como presidente del país más poderoso de la tierra y exprese allí la esperanza de muchos, resultó, en nuestro mundo global, perturbado, dolorido y en crisis permanente, una mirada de esperanza.

Y lo hizo con ese lenguaje natural, que no necesita ser interpretado, porque es razonable, sencillo,  claro y todo el mundo lo entiende. Y sabe bien lo que significa oírle decir que "La situación de los palestinos es intolerable. Sufren las humillaciones diarias que acompañan a la ocupación. Nunca daremos la espalda a su derecho legítimo a vivir con dignidad y un estado propio" o algo tan sorprendente como cuando alude a “un mundo de diversas religiones, culturas y formas de gobierno, en el que resulta difícil que una causa surja con poder suficiente para decir algo universal a los seres humanos”. Además, con ese orgullo de reconocer nuestro pasado como lugar de  encuentro y concordia, en esta  nuestra tan denostada Historia, confieso que la primera vez que en  un discurso de gran alcance un presidente  de EE. UU. hable de España me conmueve. Le deseo que logre alcanzar los objetivos expuestos en sus discursos, llanos, comprensibles y sensatos. Se le ve dispuesto a todo, libre. 


Sostiene Antony  Beevor  que nada destruye con mayor rapidez el espacio político de la concordia que la estrategia del miedo y la retórica de la amenaza. Sin miedos  ni amenazas, el discurso de Obama  habla claramente de esperanza.  En mi viaje de entonces pensé  que en Egipto el pasado y el presente  conviven sin futuro, se saben inmortales, se saben eternos, con eso les basta. Pienso hoy que quizás el futuro a este mundo sin salida de tantas gentes sin lugar y tantos lugares sin gente  se haya perfilado en El Cairo. 

lunes, 16 de marzo de 2009

Miradas sobre el Duero



Perspectiva de Castrotorafe, junto al embalse de Ricobayo en el Esla 

Guardo un recuerdo imborrable de mi abuelo paterno, que en las claras mañanas del verano castellano nos conducía a mis hermanos y a mí por los caminos secos y agrestes, de chinaco, hasta la ribera del río Esla. Nos mostraba las marras que, según él, iban a marcar la llegada de la  “lengua de agua”, nombre que mi hermano Tomás utilizó en uno de sus primeros poemas. La llegada de la lengua de agua haría desaparecer para siempre el paisaje hermoso de la ribera verde y frondosa, el paisaje de su juventud, de cuando él y el niño que entonces era mi padre, al final de la década de los felices años veinte, ajenos a todo lo que sucedía río abajo, disfrutaban de la riqueza del Prado de los Valles, donde pastaba el ganado de todas las especies, y que era su mayor riqueza. Nadie creyó nunca en el pueblo que el agua subiría desde el fondo del  río y el Prado de los Valles hasta el  Prado Pequeñín, justo  a la vera del pequeño núcleo de población.
            Pero un día, tal y como habían previsto los ingenieros de apellidos vascos, que estaban al tanto de las obras, sucedió. Un día la pacífica lengua de agua llegó hasta las marras. Desde entonces el pueblo perdió su paisaje, su mejor valor, los prados verdes de la ribera y conservó sólo el resto del término, pedregal pizarroso de escasas hoyas fértiles. Su geografía se transformó por las torres de alta tensión, él las llamaba los gigantes de hierro, como los antiguos molinos, que en la soledad de los campos castellanos, transportaban la electricidad lejos, hacían ruido y rompían el horizonte de la penillanura, entre las centenarias encinas y carrascas, y el oloroso manto verde de tomillos, jaras y romeros que embellecían  las estaciones.
            Solo en lo alto, el viejo dinosaurio de Castrotorafe, la descomunal fortaleza medieval, escenario de juegos infantiles, conservaba su silueta expectante sobre el nuevo mar azul que hizo de mi pequeño pueblo tierra adentro, casi un pueblo marinero, y en el que el embalse se convirtió en la nueva referencia visual del paisaje, con la subida y bajada de sus aguas, y hoy ya casi siempre seco, con su tierra agrietada, cuarteada su ribera, sin árboles, ni prados, ni ganado, seco y vacío, con su gigantesco Puente de la Estrella, que cruza el estrecho caudal del nuevo, desconocido y cenagoso rio Esla.
     Poco sabían sus habitantes de los impresionantes trabajos río abajo, que la colección fotográfica de Iberdrola nos muestra en la espléndida exposición organizada por Gerardo F. Kurtz, “Luces del Duero 1900-70”. Un largo y espectacular recorrido de casi un siglo que pone al descubierto el aprovechamiento estratégico de un paisaje, el “arribe”, en la confluencia del Esla, para extenderse después hacia el Duero, allá en el oeste, en la raya, en el límite de las pequeñas poblaciones de las provincias de Zamora y Salamanca con la frontera portuguesa.
            La  agudeza y decisión de visionarios como José Orbegozo y Federico Cantero Villamil y los capitales foráneos hicieron el resto. Sorprende cómo debió de ser el transporte en esos lugares, donde los caminos de rueda no habían hecho su aparición hasta finales del S. XIX. El estruendo de las gigantescas máquinas, la instalación de imponentes grúas, de grandes aliviaderos y turbinas. La mayor innovación en obra de ingeniería civil de toda España tenía lugar aquí, en el Oeste. Los primeros claros en los túneles graníticos, sin tuneladoras: imágenes extraordinarias. Como también lo es la del primitivo templo, la primera arquitectura que fue trasladada, piedra a piedra, hasta su actual destino en la basílica de San Pedro de la Nave.  
Pero sorprende aún más la escasa o casi nula referencia a la dureza del trabajo realizado, a las víctimas de los dramáticos y numerosos accidentes en esos roquedos y domos graníticos que las aguas de un primer Cuaternario habían abierto de cuajo, infranqueables. Son impresionantes los andamios de troncos de madera a más de 40 ó 50 m del suelo, clavados a pico en el valle en caída perpendicular a las aguas.
            Contaba mi profesor de Geografía, Don Jesús García Fernández, que en 1971 me llevó por primera vez a visitar la  aún hoy casi indescriptible presa de Aldeadávila y recorrer el complejo propiedad de la empresa que entonces era Iberduero, y que  por  fin  me explicaría la subida del agua hasta las marras,  que al principio de la obras incluso estudiantes universitarios de Salamanca iban a trabajar en los veranos a las presas, pero que eran tantos los accidentes, debido a las explosiones, y fueron tantos los muertos, que al final prefirieron contratar a los paisanos y a los portugueses de Tras Os Montes que apenas figuraban en los censos de esas tierras aisladas. Decía que esto lo contaba Don Miguel de Unamuno en sus cartas, aquel gran visionario vasco, que desde las tierras castellanas escribía “Contra esto y aquello”.
            Era el progreso que llegaba a esas tierras, grandes inversiones que no harían prosperar a esas gentes que seguirían abandonando esas tierras hasta la práctica despoblación en que hoy se encuentran. A cambio, las situaron en los primeros lugares de Europa en la producción de hidroelectricidad para atender necesidades que les eran muy lejanas. Pueblos y gentes que un día, de pronto, sin creérselo siquiera, vieron inundarse sus valles,  al tiempo que sintieron por primera vez el estruendo del agua que hasta entonces había corrido mansamente, aunque a ellos la electricidad solo les llegaría en el último tercio del S. XX. Doy fe.




miércoles, 4 de marzo de 2009

La ciudad iluminada en la fotografía de Luis Laforga

La noche del verano transparente descubre la ciudad desconocida.  Es la ciudad del paseante solitario, de la gente sin palabras, sumida en la luz nocturna, que agrega claridad y muestra la belleza auténtica del espacio vivido. Nos abre otra perspectiva, aquélla que los hábitos a que obliga el recorrido cotidiano, bajo las luces del día, nos impiden captar en toda su riqueza de matices. Nos brinda el sosiego que necesitamos cuando, libres del paso rápido, del ajetreo incesante, del coro de los sonidos y las voces, nos apetece hacer nuestras las imágenes más emblemáticas del paisaje urbano. Y es que la noche es capaz de transmitir la nueva mirada, el soberbio y bárbaro esplendor de la ciudad que habitamos, despojada de todo, sola en su arquitectura más que centenaria. Frente al ruido, el silencio; frente al fragor,  la calma, frente al espacio privado el espacio público, ocupado por niños, jóvenes y mayores que recorren la placidez de la noche veraniega, ese espacio del frescor nocturno, tan unido a nuestras vidas, a las primeras experiencias de libertad en campo abierto. En la plácida soledad de la noche la ciudad se llena de luz cuidada, de luz nocturna, del descanso, propiciado tras el caluroso mediodía, del espacio abierto a todos en sus calles, plazas y paseos, que la igualan, desprovista de lo cotidiano, a la belleza de la ciudad descubierta tras el objetivo de Luis Laforga.

Es el centro, lo que más nos identifica, lo que atrae la atención de un artista de  mirada siempre vigilante y dispuesta a no dejar pasar ningún matiz de luz que revele la personalidad de lo contemplado. Nos ofrece los edificios y espacios recobrados, libres de la negrura gris de antaño, pero es también la ciudad que nos acoge. Es la nuestra, la que vivimos, la que amamos, el escenario de nuestra vida y de nuestras vivencias. Es, en suma, el espacio compartido bajo la noche que nos evoca, en palabras de Lope de Vega, esa “noche, fabricadora de embelesos, que muestras a quien, a través de ti, sus ojos miran los montes y llanos y los mares secos”. Laforga lo ha sabido captar sin concesiones a la banalidad ni al mero esteticismo. Nos ofrece un excelente muestrario de imágenes y representaciones de lo que mejor identifica a la ciudad de Valladolid cuando la luz del sol se ha desvanecido. 

martes, 17 de febrero de 2009

Las confianzas perdidas

Además de las graves repercusiones sociales y económicas de la crisis en la que nos encontramos, uno de sus efectos más preocupantes consiste, a mi modo de ver, en la pérdida de confianza en todas las direcciones imaginables. La cohesión social se resiente ante el impulso espontáneo del “sálvese quien pueda”, las políticas de solidaridad también se ven amenazadas, los vínculos de supervivencia regresan al ámbito familiar, recelosos de que, a otras escalas más abiertas, sus posibilidades se resquebrajen. Al tiempo la consideración hacia los políticos disminuye a pasos agigantados, a medida que se comprueba la impotencia mostrada, en el caso de quienes ostentan el poder, ante la magnitud de los problemas, la incapacidad, cuando de la oposición se trata, para ofrecer alternativas consistentes, o de la actitud escapista frente a la tragedia social de que hacen gala aquellas opciones personalistas que tratan de pescar en río revuelto, a la espera de captar los votos provenientes de cualquier caladero decepcionado, sea el que sea. A cada una de estas posturas es posible asignar en España nombres y apellidos sin temor a confundirnos. Sólo excepcionalmente algunas opciones escaparían a esta clasificación. Creo que huelga identificarlas.
Ahora bien, quienes por profesión o curiosidad nos desenvolvemos en el ámbito de las llamadas ciencias sociales, un halo de desconfianza absoluta aflora respecto al modo de entender la realidad de conspicuos colegas, que acostumbran a mirar por encima del hombro. Me refiero a la credibilidad que en estos momentos cabría otorgar a todos los pontífices de la modelización económica, a esa legión selecta de expertos que matematizan con gran solvencia técnica los datos para ofrecernos paradigmas econométricos tan impecables como estériles. Recurren a la abstracción para desentrañar las lógicas del sistema económico hasta llegar a formalizaciones perfectas, mas de supervivencia efímera cuando se muestran incapaces de anticipar los riesgos, de dar respuesta a los problemas que de ellos se derivan, y de ofrecer soluciones capaces de evitar que se vuelvan a reproducir. Tantos años de investigación, tantas toneladas de obra impresa, tantas proyecciones encerradas en foros de discusión que se cierran en sí mismos, tantos devaneos intelectuales, tantos menosprecios hacia la economía social, entendida de otro modo.

Al final, todos sumidos en la misma ciénaga. La que se traduce en el paro masivo, la pobreza, la desesperación y la desigualdad, coexistente en el tiempo y en el espacio con el lucro desmesurado, con la arrogancia del truhán que se siente impune, con el enriquecimiento obsceno, con la soberbia del banquero que le hace un corte de mangas al Gobierno, mientras éste humildemente le pide que, por favor, por favor, abra el crédito, reduzca sus beneficios y modere sus sueldos y planes de pensiones estratosféricos.  Cuando se pierde la confianza en el poder, podría quedar un residuo a favor de los economistas que para eso están. Pero, a estas alturas, ¿alguien da un duro, y no hablo de euro, por los análisis con que muchos de ellos nos vienen obsequiando al modo de una permanente ceremonia de la autocomplacencia?.

jueves, 17 de enero de 2008

Ryszard Kapuściński: una mirada sincera y valiente

La exposición de fotografías sobre África (“África en la Mirada) que la Asociación de Periodistas Europeos organiza en la sede vallisoletana de Caja Duero representa un acontecimiento cultural de primer nivel. No es sólo un homenaje a su autor, el afamado periodista polaco Ryszard Kapuściński, sino a la par a todo un continente, en su mayor parte sumido actualmente en la miseria y la desesperanza. Recordar lo que son África, sus gentes, sus paisajes y sus costumbres aporta una sensación que el europeo no puede eludir por dos razones tan imperiosas como palmarias: porque nos son cercanos en el espacio y en el tiempo y porque, pese a la resistencia en admitir la contundencia de los hechos, no son pocas las responsabilidades que conciernen a Europa en el rumbo de los acontecimientos que lo han convulsionado hasta nuestros días. “L’Afrique noire est mal partie” (“África negra ha empezado mal”) es el título de la obra, ya clásica, que René Dumont, uno de los artífices del movimiento ecologista europeo, publicó en 1962 cuando en el continente cobraron entidad propia los sueños de independencia a partir del entramado de países cuyas fronteras habían quedado sancionadas definitivamente en la Conferencia de Berlín (1885), que consagró el reparto colonial.  Pretendieron en los sesenta del siglo XX “tomar el destino en su mano”, en expresión del propio Dumont, pero poco a poco las ilusiones creadas por una emancipación meramente formal se irían desvaneciendo, ante la indiferencia del mundo, para dar lugar a un panorama desolador, devastado en numerosos lugares por la guerra, la crisis, la explotación irracional de los recursos, la corrupción, el tribalismo y la casi desaparición del Estado.

Poca atención se ha prestado desde España a cuanto sucede en África, no obstante la proximidad a que se encuentra y las numerosas tensiones que de ello se derivan. De ahí que cuando se nos brinda la oportunidad de acercarnos, siquiera sea con la curiosidad de la mirada, a las imágenes que evidencian los múltiples matices y desgarros de una realidad insoslayable, la oportunidad no puede ser desatendida so pena de incurrir en la banalidad de la indiferencia, a la que tan propensa es nuestra sociedad. Una oportunidad que, irrepetible, se acrecienta cuando lo que a nuestros ojos se ofrece es el resultado de las percepciones y vivencias que Kapuściński tuvo en su impresionante y admirable experiencia africana.

Basta leer “Ébano” (Anagrama, 2000) para darse cuenta de lo que realmente significan la sensibilidad sin reservas de un intelectual comprometido con los problemas y los conflictos de su época. Expresarlos por escrito no es, desde luego, tarea fácil cuando las dificultades se acumulan, las privaciones son abrumadoras y el ambiente de incomprensión descorazonador. Aun así, la peripecia de Kapuściński en África se remonta al año 1957, cuando el “sol de las independencias” de que tan brillantemente habla Dumont comenzaba a surgir por el horizonte y las vivencias se enmarcaban en el contexto de las zozobras propias de la transición del modelo colonial a la nueva geopolítica a que se abrían los nuevos Estados con más entusiasmos que posibilidades. Durante cuatro décadas, el periodista polaco (1932-2007) viajó reiteradamente a lo largo y ancho del continente “evitando las rutas oficiales, los palacios, las figuras importantes, la gran política”. Por el contrario, los mensajes aportados por la realidad, y que recoge en descripciones excepcionales, le vendrían dados por el contacto directo con las gentes, por la vida vivida con las penalidades ocasionadas por todo tipo de carencias, por la inmersión sin paliativos en “la tela multicolor”, “el tapiz abigarrado” que el autor identifica con cuanto sucede en el turbulento entorno que le rodea.

Sólo una experiencia tan dilatada en el tiempo le permitirá asistir vigilante  a la trayectoria del África contemporánea, hasta el punto de que no es fácil encontrar en el panorama cultural de Occidente testigos tan cualificados y convincentes, a los que recurrir, con la confianza y credibilidad necesarias, para entender situaciones y acontecimientos difícilmente comprensibles. Ya se trate de dar explicación a la emergencia de la identidad política en Ghana, de describir la singular experiencia golpista de Zanzíbar, de interpretar las brutalidades del régimen de Idi Amin en Uganda o de Charles Taylor en Liberia, de encontrar una explicación al fracaso de los programas socializantes en Tanzania, de denunciar las atrocidades del apartheid sudafricano o las sinrazones bárbaras de las catástrofes de Ruanda o Sierra Leona…. siempre emerge la conciencia de quien siente todo lo que ve como propio, como entrañablemente afín, como algo que le incumbe más allá de la coyuntura o de la sensación momentánea de fracaso histórico que la comprobación fehaciente de los hechos proporciona. Nada le es ajeno, porque nada es trivial ni invita al desdén.

En todos los casos, y de forma reiterada, cual constante enriquecedora de las perspectivas utilizadas, gentes y paisaje se entreveran en una simbiosis que en África resulta indisociable. Y lo dice con palabras que no admiten réplica: “¡cómo encajan las gentes en ese paisaje, en esa luz, en ese olor!, ¡cómo se convierten el hombre y la naturaleza en una comunidad indivisible, armónica y complementaria!, ¡cómo se funden en un solo cuerpo!”. Todas estas sensaciones, experimentadas en primera persona y sin intermediación alguna, se transmiten a las imágenes registradas por la cámara que Kapuściński utilizará sin cesar. Cuarenta años dan para mucho cuando de plasmar en fotografía lo vivido se trata, y sobre todo cuando coinciden con la época en la que se fragua el África de nuestros días con todas sus contradicciones e incertidumbres. Sentirlas como próximas no es un ejercicio de mera retórica: es la obligación de una sociedad como la nuestra, empeñada en vivir de espaldas a lo evidente.

 

 

 

 

lunes, 24 de diciembre de 2007

Cien años de Santa María de Iquique

A comienzos de los años setenta del siglo pasado el grupo chileno Quilapayún dio a conocer al mundo la versión musical de la Cantata de Santa María de Iquique, en la que narraba la masacre que tuvo lugar en la zona minera del Norte chileno en 1907. Su impacto fue grande en la juventud de la época, ya que permitió descubrir un suceso del que jamás se había hablado. Un suceso remoto en el espacio y en el tiempo, que de pronto quedaría asumido en ese momento como una tragedia cercana, otra más de las muchas que la humanidad sufriría a lo largo del siglo XX. Fue un acontecimiento clave en los albores de la nueva centuria, en el que se pusieron de manifiesto las contradicciones de las economías mineras emergentes, la agudización de los conflictos asociados a la explotación de los trabajadores que ello traía consigo y la importancia que tiene la evocación histórica de las luchas sociales para entender el mundo contemporáneo y los logros sustentados sobre ellas.
Ocurrió exactamente hoy hace cien años en la región chilena de Tarapacá y, más concretamente, en la ciudad de Iquique, el gran puerto desde el que se comercializaba hacia todo el mundo el mineral del salitre, fertilizante del que Chile abastecía  cerca de los dos tercios de la producción mundial del entonces llamado “oro blanco”, lo que proporcionaba al país un recurso estratégico y de gran abundancia, obtenido de las tierras de Perú y Bolivia tras la guerra que los enfrentó con Chile entre 1879 y 1884. En un ambiente, pues, de extraordinaria prosperidad mercantil, estimulado además por la fuerte depreciación del peso chileno respecto a la libra esterlina, tiene lugar un incremento fortísimo del precio de los bienes básicos del que derivarán graves repercusiones sobre el poder adquisitivo de los sectores más humildes, acentuadas además por la extrema dureza y severidad de las condiciones de trabajo. Los testimonios recogidos de la época son, en efecto, reveladores de una situación que poco a poco se iría haciendo insostenible, a medida que las reclamaciones planteadas para mitigarla eran sistemáticamente desatendidas. De plano serían rechazadas, entre otras, la demanda de lograr un aumento del salario que paliase el fuerte deterioro sufrido tras la devaluación y la de percibirlos en dinero legal y no mediante bonos que eran canjeados por bienes en las tiendas de las empresas a precios superiores a los del mercado, la solicitud de protección frente a la altísima siniestralidad de un trabajo enormemente arriesgado e insalubre, que habría  de ir ligada también a la mejora de las viviendas en un entorno especialmente inhóspito o la petición de crear escuelas que permitieran a los trabajadores salir del analfabetismo en el que la mayoría se encontraba.
Tras múltiples y fallidos intentos de negociación el primer brote de huelga estalla el 4 de Diciembre, cuando los trabajadores del ferrocarril que transporte el mineral desde las “oficinas” (yacimientos) al puerto deciden paralizarlo, abriendo así un proceso de tensión que se generaliza en muy pocos días para, como demostración de su fuerza, adoptar la decisión de desplazarse a pie hasta la ciudad de Iquique, a fin de plantear directamente sus reivindicaciones ante las sedes de las compañías nacionales y extranjeras que tenían intereses en la industria y comercialización del que internacionalmente sería conocido como el nitrato de Chile. La llegada a la ciudad el 15 de Diciembre de los primeros grupos de trabajadores del salitre se vería engrosada por los que provenían del interior – los pampinos - , gentes humildísimas como corresponde a quienes ejercían labores agrícolas o ganaderas en el desierto más árido del mundo. Se crea en muy poco tiempo una corriente de solidaridad que suscita temor y provoca una actitud de desconfianza, refractaria a cualquier negociación en aras de la defensa del principio del “prestigio moral” frente a la avalancha de los que “nada tenían que perder”. Alojados en la escuela Domingo Santa María, la catástrofe no tardará en producirse cuando, ante la insistencia en el mantenimiento de la protesta y el temor suscitado por la aglomeración  creciente de los trabajadores y sus familias, se decidió por parte del general Silva Renard y con el consentimiento del Presidente Pedro Montt, proceder al ametrallamiento indiscriminado de la multitud, reforzado por el uso del fusil y los ataques a caballo. Nunca se supo la cifra de fallecidos. La censura de prensa fue terminante a la hora de señalar, sin posibilidad de réplica, que la represión se había saldado con 126 muertos y poco más de una centena de heridos. Investigaciones posteriores elevaron este número por encima de los tres mil, pero nunca esta cantidad ha sido oficialmente reconocida. La Cantata de Quilapayún habla de 3.600. Nadie hasta ahora los ha desmentido.


Chile se apresta a conmemorar con toda solemnidad la tragedia de Tarapacá y es muy probable que en las reuniones científicas previstas afloren nuevos datos que ayuden a avanzar en el conocimiento del que sin duda ha de ser considerado como uno de los principales hitos en la historia contemporánea del movimiento obrero. De ahí que no pueda pasar desapercibido en la conmemoración de su centenario, pues forma parte de la historia de la humanidad como un acontecimiento que trasciende a su marco geográfico para aleccionar sobre lo que realmente significa la lucha contra la injusticia  como solución de continuidad a través del tiempo entre las sociedades del pasado y las de nuestros días. Y es que, si partimos del hecho de que la conciencia de la injusticia de las sociedades es un hecho permanente en la historia, difícilmente podríamos entender lo conseguido hasta ahora sin rendir el merecido homenaje a los que lo hicieron posible con su esfuerzo y hasta con sus vidas.