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viernes, 4 de julio de 2025

La obra de Don Ricardo Macías Picavea


 

Ricardo Macías Picavea

(1846-1899)

Catedrático del Instituto Provincial de Valladolid

 (1878-1899)


Comunicación presentada a las XVIII Jornadas Nacionales de Institutos Históricos (Las Palmas, 2-5 de julio de 2025) 

 

            La figura de Don Ricardo Macías Picavea ha sido objeto de numerosos estudios, dada su importancia y significado como representante del regeneracionismo en España a finales del siglo XIX, lo que me ha permitido el acceso a fuentes bibliográficas muy variadas y rigurosas[1]. Con esta comunicación deseo resaltar el alcance de su labor como docente, como Catedrático del Instituto Provincial de Valladolid y demostrar cómo la educación está en la base de su pensamiento regeneracionista y de su obra.

             Nació en la localidad de Santoña (provincia de Santander) en 1846, el mismo año que Joaquín Costa. Hijo de Francisco Macías, comandante de batallón y republicano de ideología, y de Saturnina Picavea, fue bautizado en su casa, debido a las dificultades de su nacimiento. En 1853 llega a Valladolid y posteriormente a León, debido al traslado de su padre. En 1860 fallece su madre, a la que dedicará su primer poema.

            El 15 de junio de 1863 obtiene el título de Bachillerato con Sobresaliente, comienza sus estudios de Filosofía y Letras en la Universidad de Valladolid, obteniendo el Grado en el año 1867. Ese mismo año prosigue sus estudios en la Universidad Central de Madrid, en la que serían sus profesores Julián Sanz del Río y Nicolás Salmerón, que tendrían gran influencia en su pensamiento. En 1868 participó como estudiante en los movimientos de la Gloriosa en Madrid, defendiendo claramente su carácter republicano. Ese mismo año, gozando de la confianza del General Prim, fue nombrado Auxiliar del Comandante de las Bibliotecas del Ministerio de la Guerra, pretendiendo una profunda democratización de las Fuerzas Armadas, sometiéndolas al poder civil. Sin embargo, la vinculación del General Prim a la Monarquía democrática y constitucional de Amadeo de Saboya y el fracaso de la Primera República llevaron a Macías Picavea al definitivo abandono del Ejército.

            En 1872 publica en Valladolid su primer libro, titulado Kosmos, de marcado carácter krausista, e inmediatamente agotado, del que solo conocemos algunos fragmentos por el trabajo que sobre dicha obra hizo Narciso Alonso Cortés. Un año después obtiene finalmente el título de Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad Central de Madrid, cuyo Tribunal estuvo presidido por José Canalejas. En 1874 obtiene la Cátedra de Psicología, Lógica y Ética del Instituto Provincial de Tortosa (Tarragona). En 1876 consigue el título de Doctor en un Tribunal presidido por Emilio Castelar y Amador de los Ríos.

            Después de este intenso recorrido académico, llega al Instituto Provincial de Valladolid en 1878 como Catedrático de Latín y Castellano[2]. En Valladolid, y a partir de esta fecha, su formación dará un giro que supone del práctico abandono de su inicial krausismo y su evidente panteísmo reflejados en su primera obra, Kosmos, para dar comienzo a lo que será el elemento clave de su pensamiento: el regeneracionismo. Inicia a partir de entonces un profundo estudio del pensamiento filosófico y científico europeo, vinculado al desarrollo de loa cambios científico-técnicos, que están afectando a la sociedad y a la economía mundiales.

            A través de sus lecturas – centradas en Darwin, Schopenhauer, Hegel, Kant, Renán, Quinet-, y frente al aislamiento cultural de España, concibe la importancia y la necesidad de difundir en todo el país el alcance de estos cambios e innovaciones en toda España. Y lo hace además en unos momentos en los que, frente al racionalismo y a las corrientes intelectuales desarrolladas en Europa, predomina en nuestro país un pensamiento rígido, escolástico y reaccionario, sometido, sobre todo en la educación, al poder eclesiástico.

            En Valladolid, Macías Picavea manifiesta el significado de este pensamiento en su vida privada y en su labor docente. En su vida privada hacía hincapié en la práctica del deporte y en el contacto con la Naturaleza, mediante largos paseos, el ejercicio del footing, la pelota vasca, apareciendo como un personaje excéntrico al convertirse en el primer vallisoletano que hizo uso del velocípedo, con la consiguiente sorpresa que ello provocaba en la sociedad de la época.

            Casado con Romana Sanz Alcubilla, tuvo siete hijos, a los que puso nombres clásicos (Horacio, Romano, César, Elena, Octavia, Julia…). Fundador y participe activo en una tertulia, concebida con un marcado carácter republicano y demócrata, era considerado como un hombre sociable, hablador, bueno, ingenuo y un entusiasta apasionado de sus ideas.

            En 1880 funda, junto a sus compañeros de Instituto (Antolín Burrieza, Francisco López Gómez, Blas Carmona) la academia de Derecho, Filosofía y Letras y Notariado, de la que será Director hasta 1885. Su actividad docente en el Instituto Provincial aportará un cambio radical en los métodos de enseñanza, lo que le hará ser recordado como un profesor simpático, afable, preocupado por sus alumnos, contrario tajantemente al autoritarismo y a los castigos en las aulas. Fue defensor modelos renovados de enseñanza, cambios en el uso del lenguaje, con la finalidad de hacer comprensiva la ciencia y muy especialmente la defensa significativa y por primera vez de la libertad de cátedra, de la que dejará fiel testimonio en su obra Compendio Elemental y Razonado de Gramática General Latina, publicada en Valladolid, por la Imprenta Librería de Gaviria y Zapatero, en 1888.


            Además de esta actividad académica en el año 1881 inicia una intensa actividad pública, cuando funda, junto a José Muro, en Valladolid el 11 de febrero de ese año, coincidiendo con el aniversario de la Primera República, el periódico La Libertad, que se convertirá desde ese momento en el órgano del Partido Republicano Progresista. A diario publicará un artículo de opinión, en el que trasladará, por un lado, los principios del republicanismo (abolición de la esclavitud en las colonias, abolición de la pena de muerte, defensa del sufragio universal, de la igualdad, de la libertad), definiendo a la democracia como “la principal finalidad de la política”. Y lo hace en pleno régimen de la Restauración. Según él, el régimen democrático tiene como objetivo “la defensa de la dignidad en las relaciones sociales para derribar el despotismo”. Entre otros títulos de los artículos publicados, cabría destacar “El Estado”, “El Legislador”, “El trabajo y la democracia”, “Centralización y descentralización”, “La Provincia”, “El Municipio”, “La Enseñanza”, a los que se añaden otros dedicados a Valladolid y su provincia.

            En 1882 publica su obra La Instrucción Pública en España y sus reformas, inspirada en los principios de la Institución Libre de Enseñanza. Ese mismo año tiene lugar la celebración del Congreso Pedagógico Nacional, al que acudirá como representante del Claustro de su Instituto Provincial de Valladolid. En ese mismo evento será nombrado Miembro de la Comisión de Asesoramiento del Ministerio de Instrucción Pública, en cuyo seno manifiesta que “la educación, ejercida como función social para todos sus miembros, gratuita, obligatoria y para todos los seres humanos, hombres y mujeres, es la base de la mejora de la Nación, que conseguirá el aumento del prestigio social del Estado”. Sobre estos cimientos, llegará a elaborar un amplio programa de reformas. En la base de este planteamiento sobre la educación Macías Picavea concebirá los principios del Regeneracionismo, corriente de la que será considerado como uno de sus principales representantes[3].

 En 1882 obtendrá la Cátedra de Geografía e Historia del Instituto Provincial de Valladolid, y publicará una obra clave en su pensamiento: “Geografía Elemental de España”. La primera edición será llevada a cabo en 1895. Se trata de un compendio didáctico razonado, con relevantes aportaciones a la moderna ciencia geográfica, que en esos momentos aparece como una disciplina de gran desarrollo y proyección internacional. En esta idea insiste Enrique Tierno y Galván cuando afirma que “antes que él nadie había sabido enseñar latín en España y que la Geografía era una ciencia incógnita hasta que su curiosidad y buena intención le llevó a leer unos manuales extranjeros” [4]. 


    En la obra dedica una importancia destacada al conocimiento y exploración de la Geografía de España, con la finalidad de obtener una “idea real, clara, exacta y objetiva” de la realidad geográfica española, de modo que se convierta en un instrumento útil y pedagógico para el estudio y conocimiento de España. La referencia a sus epígrafes principales da buena idea de los contenidos y los propósitos didácticos de esta obra singular. Así concibe “el relieve, el clima, el problema hidrológico nacional, la influencia del medio natural en el desarrollo, el territorio como fundamento del Estado, el desarrollo de la industria”, a los que se añade un compendio de la realidad social, de sus rasgos estructurales.

            En 1895 es elegido miembro de la Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción de Valladolid, hecho que coincide con su decisión de abandonar la dedicación a la política. Ello se debe a que sus principios políticos se oponen abiertamente al modelo caciquil y reaccionario de la Restauración. También influye su oposición a la guerra, que “convierte a las clases más desfavorecidas en carne de cañón y genera unos gastos ilimitados para un Estado de gran fragilidad económica”. En este contexto, decide renunciar a la dirección del periódico La Libertad y a su condición de concejal del Ayuntamiento vallisoletano, para la que fue elegido en 1891.           

            En 1897 y 1898 – estructurada en dos partes, una por año -  publica su novela Tierra de Campos, concebida como la novela regional de Castilla, en la que hace una reflexión significativa cuando escribe que “en Castilla la Vieja, la grandeza histórica y de España se ha desvanecido”. Estudia “el paisaje y el paisanaje”, convertidos en los pilares de su visión regeneracionista de la realidad castellana. Esta obra – que llevó a Emilia Pardo Bazán a considerarle como “el novelista de Castilla” [5]- puede ser considerada como el fundamento ideológico de la que habrá de ser su obra cumbre: “El problema nacional”, publicada en Madrid por la Librería General de Victoriano Suárez En ella plantea que “el territorio es el asiento de la naturaleza física del Estado. Así que la Geografía se convierte en la primera ciencia nacional”.




           En 1898 Joaquín Costa convoca en Zaragoza la Liga Nacional de Productores, que se ha de celebrar al año siguiente. Macías Picavea decide que su obra sobre sobre “el problema nacional” sea presentada y debatida en ese encuentro. El objetivo esencia, por tanto, de esa obra debe ser la utilidad práctica de sus aportaciones al gran debate sobre la regeneración de España. Logrará que esta obra se publique coincidiendo con la celebración de esa convocatoria, pero, al poco tiempo, fallecerá el 11 de mayo de 1899, en Valladolid, a la edad de 53 años.

 



[1] Entre ellas, cabría destacar la realizada por Fernando Hermida de Blas: Ricardo Macías Picavea a través de su obra. Valladolid, Junta de Castilla y León, 1998. 235 págs.

[2] El hecho tuvo lugar tras la vacante producida por el fallecimiento de su titular, Manuel Rivera Beneitez, quedando Macías Picavea como “escedente (sic) de la asignatura de Psicología, Lógica y Ética en el Instituto de Tortosa, tomando posesión el 28 de mayo”.  Vid. Memoria acerca del estado del Instituto de Segunda Enseñanza. Provincia de Valladolid durante el Curso de 1877 a 1878. Por el Secretario Don Francisco López Gómez. Valladolid, Imprenta y Librería Nacional y Extranjera de H. de Rodríguez. Libreros de la Universidad y del Instituto. 1878. Pg. 7.

[3] Fernando Hermida de Blas: Ricardo Macías Picavea a través de su obra. Valladolid, Junta de Castilla y León, 1997. 238 pgs. Pg. 7

 

[4] Enrique Tierno Galván: “Macías Picavea y el Regeneracionismo”, en Estudios de Ciencia Política y Sociología, homenaje al profesor Carlos Ollero, Madrid, 1972,. pp. 801-826. Pg. 80

[5] Real Academia de la Historia. Memoria Hispánica.  https://historia-hispanica.rah.es/biografias/27869-ricardo-macias-picaveaç





 Grupo de Valladolid en las XVIII Jornadas de la ANPDPHI

sábado, 29 de mayo de 2021

Lecciones y señales de la Ciudad Silenciada




 La ciudad deshabitada, un tiempo perdido, la casa como único refugio. La salida incierta. Las calles y los jardines sin pasos, sin cruce de miradas. La distancia en todo recorrido, el silencio solo roto por las sirenas de las ambulancias. 

Las calles vacías, dia y noche, sin ese bullicio de vida, que era lo habitual en nuestras vidas agitadas. 

Este libro de Fernando Manero refleja todo eso y mucho más. Refleja cómo ese mundo perdido en la ciudad se llena de vida en sus ventanas, en el trabajo de lo más necesario, en el recorrido de gentes generosas, que se organizan, que aplauden, que resiste. En fin, la vida en sí, la más querida, la imprescindible, que agradecemos.

Disponible en librerías 



domingo, 18 de diciembre de 2016

Nace la Asociación de Amigos del Instituto Zorrilla de Valladolid




La ordenación administrativa del Estado en provincias supuso la creación de instituciones encaminadas a la reafirmación funcional del hecho provincial. Entre ellas, las destinadas a la Educación ocuparon un papel primordial. Tal es el origen y el fundamento de los Institutos Provinciales de Segunda Enseñanza que vieron la luz  en la segunda mitad del siglo XIX. A veces, como ocurre en Valladolid, se utilizaron con tal fin edificios históricos relevantes como el Colegio de Santa Cruz o el Colegio de San Gregorio, aunque se trataba de instalaciones que, dada la precariedad de su  estado, no reunían las condiciones necesarias para garantizar, incluso, la seguridad de alumnos y profesores.

            Será en el siglo XX cuando por Real Decreto de 18 de Abril de 1900 se lleve a cabo la creación del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, al que se dota, por vez primera, de una partida presupuestaria destinada a la construcción de edificios con fines educativos. Un objetivo que quedará plasmado en Valladolid, por RD de 1 de febrero de 1901, en el que Ministerio autoriza la construcción de un edificio con destino al Instituto provincial de Segunda Enseñanza de Valladolid en terreno ofrecido `por la Diputación Provincial con el proyecto presentado por el arquitecto D. Teodosio Torres, quien un año antes había conocido en Paris el edificio, recientemente inaugurado, de la Escuela de Bellas Artes, y que tuvo gran influencia en la concepción y diseño del proyecto.



         La obra quedará culminada en 1907, formando parte indisociable de una de las plazas más emblemáticas de nuestra ciudad, en la que comparte monumentalidad y dimensión estética con la Iglesia de San Pablo, con el Palacio Pimentel y el Palacio Real. De ello dará testimonio fidedigno y expresivo su Director, D. Policarpo Mingote Tarazona, en la espléndida Memoria publicada ese mismo año. Años más tarde, cuando en 1932 la Segunda República crea dos nuevos Institutos en Valladolid - uno en la misma ciudad y otro en Medina de Rioseco -  el Claustro de profesores solicita del gobierno un nombre para el hasta entonces único Instituto provincial. Y es así, como en respuesta a dicha solicitud, la Gaceta de Madrid señala, con fecha de 6 de Diciembre de 1932, que “a propuesta del Claustro del Instituto provincial de Segunda Enseñanza de Valladolid para honrar la memoria del poeta vallisoletano, este Ministerio ha resuelto que el referido centro se denomine en los sucesivo Instituto Nacional de Segunda Enseñanza Zorrilla”. Es la feliz denominación que se ha mantenido hasta nuestros días, y que cobra en estos momentos particular significado cuando se conmemora  el bicentenario  del nacimiento de José Zorrilla.

            A lo largo de más de un siglo ha acogido la presencia de miles de profesores y de alumnos. En el recuerdo reviven nombres tan señeros con Ricardo Macías Picavea,  Fernando Amor y Mayor, Francisco López Gómez,  Narciso Alonso Cortés y tantos otros. Todos han dejado, con su actividad y su esfuerzo, un legado de inmenso valor, del que debemos sentirnos orgullosos y que, precisamente por la importancia que posee, tenemos el deber ineludible de proteger y difundir. Ello justifica el deseo de preservar tanto la historia vivida a través de experiencias múltiples como su patrimonio material e inmaterial con la evocación y el afecto de cuantos hemos pasado por sus aulas, laboratorios y corredores. El propósito se ha materializado, al fin, con la creación de la Asociación de Amigos del Instituto Zorrilla  que ha visto la luz el 13 de Diciembre del 2016, tal y como consta en el Registro de Asociaciones de la Delegación Territorial de la Junta de Castilla y León.

jueves, 23 de junio de 2011

Don Jesús Lérida Domínguez: maestro de maestros

Con motivo del homenaje ofrecido por el IES Zorrilla de Valladolid a Don Jesús Lérida Dominguez, Catedrático de Griego, le dediqué estas palabras 


Cuando en el año 1970 llegué a Valladolid, me sorprendió la negrura de sus edificios más emblemáticos, sumidos en la espesa y agobiante niebla invernal. Hablando con mis compañeros de segundo Curso de Comunes de la Facultad de Filosofía y Letras, como Maria Dolores Cuesta Zulaica o Pascual Martínez Sopena, oí por primera vez hablar de D. Jesús Lérida; siempre se le llamaba así, con una muestra de respeto y consideración o, mejor aún, de emoción y entusiasmo, ya que, aunque nunca fue mi profesor, acudía puntualmente a sus clases de la mañana con la intención de disfrutar de sus explicaciones. Nunca me decepcionaron. Me situé  al final de aquellas amplias aulas, repletas de alumnos, y  mi sorpresa fue, cuando nada más comenzar, fijó en mí sus  brillantísimos ojos azules y me preguntó mi nombre, que no olvidaría jamás. Me levanté dispuesta a abandonar el aula, le dije que no figuraba en lista, que solo había venido a escucharle, pero él no me dejó marchar y la  clase fue un largo placer de aprendizaje.



En su etapa como Director del Instituto "Núñez de Arce", de Valladolid

 A pesar de la fragilidad de la memoria durante cuarenta años nunca he dejado de oír hablar de él a sus alumnas de bachillerato del Instituto "Núñez de Arce" de Valladolid; todas recuerdan sus enseñanzas, se saben de memoria los verbos polirrizos, es decir, los verbos irregulares en griego, recuerdan las palabras escritas día a día en la libreta de vocabulario. En su asignatura muchas veces los exámenes eran sin avisar, cada construcción sintáctica tenía una frase en griego  como ejemplo que había que aprenderse. Don Jesús Lérida era un seductor del aprendizaje, un maestro de las palabras y las frases impecables, una curiosidad sin límites, una memoria prodigiosa, gran agilidad mental, lo que provocaba una permanente emoción en el aula, capaz de transmitir una auténtica pasión por el conocimiento. No solo enseñaba griego, educaba constantemente, jamás perdió un solo  minuto, su objetivo era que cada hora, cada minuto de cada hora se aprendiera, trasmitía la pasión por el mundo clásico, por la tragedia y la comedia; era, en suma, la luz del saber en aquel mundo oscuro y mediocre. Es que las autoridades educativas son las únicas que no han oído hablar de él. 

        He conocido profesores que después de tantos años aún se siguen emocionando al pronunciar su nombre como Dolores Nieto Arteaga, Carmen Cazurro García Quintana, Elena Álvarez, Adela Lequerica,  Mª Antonia San José y muchos más. Fernando Manero le recuerda como su gran profesor de mirada penetrante y sabia, hasta el punto de considerarle como uno de los principales maestros en su formación universitaria. Hoy es su antiguo alumno, Jorge Manrique Martínez, quien, solícito, atento y generoso,  le visita a diario.



Jesús Lérida en la presentación del libro de Carmen Cazurro García Quintana - "La Hija del Alcalde" - dedicado a su madre, hija de Antonio García Quintana, el último alcalde republicano de Valladolid. IES Zorrilla de Valladolid. 3 de junio de 2010

       "Nosotros, seres finitos  con espíritu infinito, no hemos nacido más que para el dolor y la alegría y casi podría decirse  que los más distinguidos por el dolor obtienen la alegría". Esta frase de Beethoven, que un día me comentó mi amiga Dolores Nieto, me recuerda a D. Jesús Lérida, que siempre, pese al dolor, conserva la alegría. La alegría que procura una vida fecunda al servicio de la educación y a favor de un mundo mejor, admirado por sus alumnos y cuantos tuvieron la suerte de conocerle y recibir sus enseñanzas. 

Gracias, D. Jesús Lérida Domínguez, maestro único e inimitable de tantos   maestros.


Jesús Lérida como símbolo del IES Núñez de Arce 


Acabo de recibir la triste noticia de la muerte del Profesor Lérida. Ha fallecido en Valladolid en la tarde del viernes 9 de enero de 2015, a la edad de 90 años. Fernando y yo hemos ido a visitarle por última vez al tanatorio donde reposaba. Hemos saludado a su hijo José María y transmitido a su familia el pesar por tan triste pérdida. A la salida de la ceremonia religiosa de despedida hemos compartido con un nutrido grupo de profesores, compañeros y amigos, las sensaciones que nos unen en torno a las experiencias vividas con el maestro que ha sido de todos nosotros. Mientras comentábamos estas experiencias, Dolores Nieto nos ha recitado de corrido los verbos polirrizos del griego, como si acabara de salir de una clase de Lérida.  Un emotivo homenaje a su memoria. Personalmente, siento mucho la noticia, que me ha dejado tan desolada como repleta de recuerdos, todos ellos inolvidables. Siempre tendremos presente su legado intelectual, su bondad y su voz inconfundible. Descanse en paz. 

lunes, 18 de enero de 2010

En el centario del poeta Francisco Pino


Mi amistad  con Francisco  Pino fue tardía y  fugaz, pero a la vez profunda como un rayo, y me dejó una imagen imborrable de su persona y de su obra. Todo comenzó cuando una amiga común, Esperanza Ortega, me sugirió invitarle al que había sido  su Instituto en Valladolid para que diera un recital de poesía. No lo dudé un segundo y una severa y heladora  mañana de comienzos de diciembre de 1998, mientras la nieve cerraba la  escasa luz invernal, le recibí en la entrada del Instituto Zorrilla; llegó tarde debido a las inclemencias del tiempo desde su Pinar de Antequera, el público, unos trescientos quinceañeros, ellos y ellas , ya saben, estaba inquieto. Pero no se  si fue su elegancia innata, su atractivo natural, su voz o su palabra, lo que hicieron que se creara un ambiente de auténtico y sereno placer en la sala, que seguramente esos alumnos no olvidarán nunca.
            Les habló de su infancia en Valladolid, de sus clases y profesores en el Instituto, de sus estudios en el extranjero, de sus poeturas, y finalmente comenzó una imparable lectura de sus poemas. No preparamos para el evento visión alguna que le acompañara, solo su voz , su palabra y su presencia llenaron la sala de entusiasmo, diría incluso de pasión cuando leyó ese verso, dijo él, que describía a su amada desde los dedos del pié a la  nariz , su belleza, en esa locura del verano de 1936 en Madrid.
            Al final  fue un aplauso continuado y  sentido , como ellos saben cuando de verdad quieren darlo. El me decía "pues no son tan malos estos chicos como dicen, ¿no?" Estaba entusiasmado recorrió las aulas, los laboratorios, los pasillos, quiso ver los claustros, el patio del recreo, recorrimos el edificio  del que tenía recuerdos imborrables. No volví a verle, pero su elegancia fue tal que en la Navidad de ese año me obsequió,nada menos , que con una poetura a mi humilde persona, que conservo como oro en paño, agradeciendo con verdadero afecto la invitación  de la que seremos eternos deudores.
            Tengo tal recuerdo de él que les haré una recomendación para visitar la exposición de la calle la Pasión que conmemora el Centenario de su nacimiento  1910 – 2010, tengan la mirada puesta en lo pequeño, en los trazos, dibujos, poeturas y textos que Francisco  Pino nos dejó, tengan cuidado que no les cieguen las aberrantes copias, por cierto muy bien enmarcadas que tratan de agrandar su ya gigantesca obra y que a mí tanto me perturban, pues parece que  equivocan  al extremo a la  persona y a la obra de Francisco Pino, vayan al fondo y recuerden  sus versos:

                        “ Nada de verdad
                        nunca verdad de nada “