lunes, 27 de septiembre de 2021

Una exposición memorable sobre Emilia Pardo Bazán

 


En el Bachillerato apenas aprendí su nombre. Ningún texto, ningún libro, sólo su nombre. Más tarde, en el cine, descubrí Los pazos de Ulloa y los leí, y en ellos aprendí la frase que dice “la aldea, cuando se cría uno en ella y no sale de allí jamás, envilece, empobrece y embrutece“. Es una idea que no he olvidado y así he valorado siempre la importancia del saber, del estudio, de la educación, descubrir el mundo. También por entonces leí La Dama Joven y la pasión que marcó mi interés por descifrar el paisaje. Es un libro que formaba parte de la variada y rica biblioteca de mi padre, que tanto nos enseñó a mis hermanos y a mí.



Pero me faltaba descubrir la pasión de su vida. La imponente biografía que he leído de Isabel Burdiel me ha llevado a la Exposición de la Biblioteca Nacional dedicada a Doña Emilia Pardo Bazán en ese magnífico edificio situado en el Paseo de Recoletos de Madrid, que la Biblioteca Nacional comparte con el Museo Arqueológico Nacional. Salas en penumbra rodeada de la luz de su pensamiento.



Sui obra y su vida envueltas en su poderosa inteligencia, en esa pasión luminosa que contra todos los vientos y mareas de su tiempo y de todos los que se concitaron contra ella, prevalece luminosa su obra, su visión clara del mundo, una pionera en su vida y en su obra extensísima que lo abarca todo. La lectura de sus textos revela el ímpetu de su carácter, la fortaleza de su personalidad y su inequívoca posición defensora de las ideas en las que firmemente creía. 






Han pasado ya 100 años de aquel 1921 y seguimos descubriendo la claridad y la pervivencia de su pensamiento.

Mientras la visitaba he recordado las palabras de mi hermano, el poeta Tomás Salvador, cuando escribió que “dormida, la pasión aguarda. La pasión es un don, el viento deshace las ramas, cultiva la pasión hasta que le salgan raíces poderosas al árbol de la vida”. Este texto enlaza con las bellisimas palabras que Doña Emilia escribió sobre "la pasión", dedicadas a su amigo Federico Bruck en la obra La Dama Joven, editada en 1885, y de la que conservo un ejemplar heredado de la biblioteca de mi padre.    




miércoles, 14 de julio de 2021

Pasaron 500 años


Y el paisaje sigue aquí, aquí donde nos encontramos, entre páramos, cerros, motas, tesos y ataquines, entre encinas y pinares, con los castillos y los pueblos de entonces, con sus nombres hoy todavía.

Pura historia. El tiempo transcurrido no ha borrado la pasión de aquellos días. Entre 1520 y el 23 de abril de 1521, "en abril para más señas", como evoca el romance de "Los Comuneros" escrito por Luis López Alvarez. Villalar en la memoria.



Villalar de los Comuneros. Campa y monolito

Esta mañana entré en ese claroscuro del tiempo, a recorrer el recuerdo de aquellos días y sus gentes, a través de la Exposición (El Tiempo de la Libertad: Comuneros, Quinto Centenario) organizada y presentada en el edificio de las Cortes de Castilla y León con tal fin. Entre objetos de uso común, aún preservados, resplandecen grandes obras de arte, esculturas, tapices, el retrato de la reina doña Juana y las grandes proporciones románticas de la obra de Antonio Gisbert.



Ejecución de los comuneros de Castilla (Villalar, 22 de abril de 1521). Cuadro de Antonio Gisbert(1860). Congreso de los Diputados (Madrid)



Documento de excomunión (31.enero.1521) (Archivo Municipal de Burgos)


Sentencia condenatoria (Archivo General de Simancas) 

He recorrido la exposición en silencio, disfrutando del color de todas y cada una de las piezas expuestas, los restos del pendón, los de la tracería de la puerta del Arco de Santa María de Burgos, el cantoral, monedas, balanzas y cuentas de Simón Ruiz, la belleza del arte y el arte de la guerra, documentos de sentencias a muerte, litigios y perdón real, pero sin duda lo más impresionante son esas peticiones comuneras, atentas a los derechos del común que el tiempo no ha podido borrar.

No se lo pierdan

sábado, 29 de mayo de 2021

Lecciones y señales de la Ciudad Silenciada




 La ciudad deshabitada, un tiempo perdido, la casa como único refugio. La salida incierta. Las calles y los jardines sin pasos, sin cruce de miradas. La distancia en todo recorrido, el silencio solo roto por las sirenas de las ambulancias. 

Las calles vacías, dia y noche, sin ese bullicio de vida, que era lo habitual en nuestras vidas agitadas. 

Este libro de Fernando Manero refleja todo eso y mucho más. Refleja cómo ese mundo perdido en la ciudad se llena de vida en sus ventanas, en el trabajo de lo más necesario, en el recorrido de gentes generosas, que se organizan, que aplauden, que resiste. En fin, la vida en sí, la más querida, la imprescindible, que agradecemos.

Disponible en librerías 



lunes, 3 de mayo de 2021

Reseña sobre un libro interesante




Vidas y cuerpos se deslizan en La Habana entre el pasado y el presente, ese pasado que aguarda en zaguanes y tabernas a la búsqueda de aquel tiempo de incertidumbre y pasión contenida, de riqueza y miseria.

Vidas y viajes que eran huidas de una vida en sí ya perdida. La llegada de aquellos buques a la fotografía de aquel puerto. El puro lenguaje habanero, un recorrido inesperado por los paisajes de La Habana Vieja que conserva en sus casas y calles el pasado contenido en su presente.

La mirada de la pasión sin retorno, a la búsqueda incansable del tesoro que conservan aún sus casas, callejones y plazas, escaleras, libros y luces, hombres y mujeres con ese pasado vivido, inolvidable, los encuentros olvidados de sus amantes, vidas interrumpidas por la Historia y perdidas en el tiempo, que la auténtica mirada de Luis Posadas Lubeiro nos pasea por la isla al encuentro de nuestro propio pasado, que es a la vez el pasado de Cuba, empeñado, como él mismo afirma, en "excavar la memoria de un país. Buscar libros, papeles, asistir a nacimientos de unas historias que creías ya adolescentes, curtidas, casi seniles". Y la verdad es que el esfuerzo le ha cundido, como la obra reseñada demuestra. 

Este es el contexto en que el viven, luchan y se emocionan esas figuras cuya huella perdida se reescribe en este libro, en el que, inmortal, pervive su angustiosa memoria, una memoria que no debe quedar relegada al olvido ni a la indiferencia. El autor es consciente de ello, por lo que, sumergido de lleno en el universo habanero, lo da a conocer con una maestría y una sensibilidad extraordinarias. 

De entrada, el título - El hombre que le bajaba las bragas a La Habana - llama la atención, pero está bien justificado. Surge de la conversación mantenida en uno de sus múltiples encuentros en los lugares donde se palpan y se sienten las expresiones más auténticas de la vida habanera. La experiencia acumulada en este sentido por Luis Posadas es tan  intensa como dilatada. Desde finales de los años noventa del pasado siglo, cuando la isla quedó sumida en las dificultades e incertidumbres del llamado "Período Especial", ha viajado con frecuencia a esa joya del Caribe, tan entrañable para los españoles y tan ligada a su sensibilidad histórica y cultural. 

A la búsqueda de esa sensibilidad, y a través de un infatigable proceso de indagación documental que el autor se empeña en mantener activo sin descanso, Luis Posadas construye su texto a partir de tres relatos, que resultan impresionantes y que sin duda han de cautivar la atención del lector. 

El primero de ellos descubre aspectos esenciales de la personalidad de una figura relevante de las letras españolas. Se trata de Manuel Altolaguirre, el más joven de los escritores de la generación del 27. Le atrae su condición de poeta impresor, de curioso personaje que "recorre los frentes de guerra con una imprenta en lugar de un fusil". Exiliado en La Habana, sus vivencias se abren a un nuevo mundo de relaciones (con las figuras de Francisco Hernández Maydagán o Marcela León Arce, entre otros, en posición destacada), que el poeta entrelaza en medio de un panorama marcado por la transformación política de Cuba que culminará en la Revolución del 26 de julio de 1959, por las mismas fechas en las que, ya en España, Altolaguirre pierda la vida en un accidente de tráfico ocurrido en Burgos. 

En el segundo relato, bien enlazado con el anterior, Luis Posadas se centra en las circunstancias que rodean la vida de Maydagán, un cubano que luchó con la República Española. La documentación que de él obtiene el autor de este libro constituye un sorprendente descubrimiento que aprovecha para profundizar en aspectos que sin duda llamarán mucho la atención del lector. Huelga aquí entrar en detalles. Ha de ser el lector quien los averigüe, analice e interprete. Quedará impresionado. 




Finalmente, la obra incorpora un tercer relato que aliente aún más la curiosidad que esta obra suscita. "La bandera de Machado", tal es el título. Las páginas a él dedicadas describen la propia peripecia personal del autor en las calles y en los recovecos de la capital cubana. Son descripciones curiosas, llamativas y reveladoras de un afán constante por no perder detalles de cuanto le rodea y de cuanto afecta a la sociedad con la que se relaciona. De pronto aflora la sorpresa: está asociada a un personaje - Roberto Dorado- al que la casualidad coloca en los epígrafes de la historia de los últimos momentos de la República Española. El hecho de encontrarse en la villa francesa de Collioure el 22 de febrero de 1939 y de acercarse al hotel donde acababa de fallecer Antonio Machado contribuye a resaltar el singular episodio con el que esta obra culmina. Otro aliciente para el lector. 

Estamos ante una obra importante, un libro curioso que merece la pena leer para sumergirse en los numerosos y, a veces, increíbles detalles que encierra. Acompañado todo ello del interesante material gráfico que ilustra los aspectos abordados en la obra y de un llamativo, a la par que útil,  "Pequeño Diccionario Cubano-Español", el libro que nos ocupa destaca por una singularidad que justifica con creces la lectura. 


domingo, 18 de diciembre de 2016

Nace la Asociación de Amigos del Instituto Zorrilla de Valladolid




La ordenación administrativa del Estado en provincias supuso la creación de instituciones encaminadas a la reafirmación funcional del hecho provincial. Entre ellas, las destinadas a la Educación ocuparon un papel primordial. Tal es el origen y el fundamento de los Institutos Provinciales de Segunda Enseñanza que vieron la luz  en la segunda mitad del siglo XIX. A veces, como ocurre en Valladolid, se utilizaron con tal fin edificios históricos relevantes como el Colegio de Santa Cruz o el Colegio de San Gregorio, aunque se trataba de instalaciones que, dada la precariedad de su  estado, no reunían las condiciones necesarias para garantizar, incluso, la seguridad de alumnos y profesores.

            Será en el siglo XX cuando por Real Decreto de 18 de Abril de 1900 se lleve a cabo la creación del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, al que se dota, por vez primera, de una partida presupuestaria destinada a la construcción de edificios con fines educativos. Un objetivo que quedará plasmado en Valladolid, por RD de 1 de febrero de 1901, en el que Ministerio autoriza la construcción de un edificio con destino al Instituto provincial de Segunda Enseñanza de Valladolid en terreno ofrecido `por la Diputación Provincial con el proyecto presentado por el arquitecto D. Teodosio Torres, quien un año antes había conocido en Paris el edificio, recientemente inaugurado, de la Escuela de Bellas Artes, y que tuvo gran influencia en la concepción y diseño del proyecto.



         La obra quedará culminada en 1907, formando parte indisociable de una de las plazas más emblemáticas de nuestra ciudad, en la que comparte monumentalidad y dimensión estética con la Iglesia de San Pablo, con el Palacio Pimentel y el Palacio Real. De ello dará testimonio fidedigno y expresivo su Director, D. Policarpo Mingote Tarazona, en la espléndida Memoria publicada ese mismo año. Años más tarde, cuando en 1932 la Segunda República crea dos nuevos Institutos en Valladolid - uno en la misma ciudad y otro en Medina de Rioseco -  el Claustro de profesores solicita del gobierno un nombre para el hasta entonces único Instituto provincial. Y es así, como en respuesta a dicha solicitud, la Gaceta de Madrid señala, con fecha de 6 de Diciembre de 1932, que “a propuesta del Claustro del Instituto provincial de Segunda Enseñanza de Valladolid para honrar la memoria del poeta vallisoletano, este Ministerio ha resuelto que el referido centro se denomine en los sucesivo Instituto Nacional de Segunda Enseñanza Zorrilla”. Es la feliz denominación que se ha mantenido hasta nuestros días, y que cobra en estos momentos particular significado cuando se conmemora  el bicentenario  del nacimiento de José Zorrilla.

            A lo largo de más de un siglo ha acogido la presencia de miles de profesores y de alumnos. En el recuerdo reviven nombres tan señeros con Ricardo Macías Picavea,  Fernando Amor y Mayor, Francisco López Gómez,  Narciso Alonso Cortés y tantos otros. Todos han dejado, con su actividad y su esfuerzo, un legado de inmenso valor, del que debemos sentirnos orgullosos y que, precisamente por la importancia que posee, tenemos el deber ineludible de proteger y difundir. Ello justifica el deseo de preservar tanto la historia vivida a través de experiencias múltiples como su patrimonio material e inmaterial con la evocación y el afecto de cuantos hemos pasado por sus aulas, laboratorios y corredores. El propósito se ha materializado, al fin, con la creación de la Asociación de Amigos del Instituto Zorrilla  que ha visto la luz el 13 de Diciembre del 2016, tal y como consta en el Registro de Asociaciones de la Delegación Territorial de la Junta de Castilla y León.

lunes, 22 de agosto de 2016

Viaje a Rusia

Por fin, he visitado San Petersburgo. Ello me ha permitido disfrutar del soberbio y bárbaro esplendor de esta ciudad. Es una ciudad grandiosa en sus construcciones, en su trazado. Una ciudad armoniosa en sus edificios. Durante su construcción y a lo largo del siglo XIX ningún edificio podía superar en altura al Palacio de Invierno. De ahí, de esa medida moderna deriva la armonía y la belleza de la ciudad actual.


Los orígenes en la Isla de las Liebres, en la que Pedro I se construyó su primera casa de madera para dirigir las obras de la que habría de ser su proyecto más ambicioso: una ciudad racional sobre el delta del rio Neva, un río corto - setenta kilómetros desde el Lago Ladoga hasta el Báltico - pero muy caudaloso en todo su recorrido, llegando a alcanzar más de cuarenta metros de profundidad. Allí en la Isla, en la fortaleza de Pedro y Pablo, geometría rodeada por el recodo del Neva, emerge esbelta la bellísima aguja de oro interminable de la catedral, la primera de San Petersburgo. La catedral de Pedro y Pablo se convertirá en el emblema de la ciudad. En pleno río, el primer puerto, el puerto del siglo XVIII con sus atarazanas y sus famosas columnas rostrales, que marcan con los mascarones de los barcos derrotados las grandes victorias de Pedro I sobre los países bálticos. Las columnas rostrales, con sus permanentes antorchas encendidas, eran los faros de este primitivo puerto, hoy escenario turístico abierto al Neva.





Columnas rostrales (faros) en el antiguo puerto sobre el Neva. Al fondo, el Palacio de Invierno, que actualmente alberga el Museo Hermitage





Estatua erigida a Alexander Nevsky frente a la Avenida (Perspectiva) que lleva su nombre


El eje de la ciudad, ya trazado por Pedro I, es la Perspectiva Nevski, referente y arteria principal de San Petersburgo, una larga y espaciosa avenida, que en su extremo norte culmina en el edificio del Almirantazgo, junto al río Neva. A lo largo de su trazado aparece jalonada por innumerables palacios, y en ella destaca el obelisco que, frente a la estación de Finlandia, conmemora la victoria en la Segunda Guerra Mundial. Ofrece un trayecto muy interesante, que permite apreciar la monumentalidad de la arquitectura civil y la relevancia de algunos de los grandes edificios religiosos, entre los que destacaría la Catedral de San Isaac, rodeada de una espectacular columnata donde se perciben los impactos de los proyectiles lanzados por los nazis,  y la de Santa María de Kazán, frente al espléndido edificio antaño ocupado por la fábrica Singer, y cuyo diseño evoca el diseño con que fue concebida la Plaza de San Pedro en Roma.


Antes de llegar a su extremo, un desvío a la derecha nos aproxima a la Plaza del Palacio de Invierno, que se abre a través de una inmensa construcción militar en arco, ofreciendo la perspectiva hacia la pesada columna de granito, coronada con su Angel de oro en el centro de la Plaza.


lunes, 8 de junio de 2015

Monasterios abandonados




Adentrarse en la arquitectura medieval depara sorpresas infinitas. Ante un legado tan impresionante, y a menudo tan desconocido, el afán de aventura evita la prudencia frente a la satisfacción intuida por las presumibles sorpresas a que se abre el descubrimiento de lo ignorado. No hay barreras que lo impidan, ni obstáculos insalvables a tan grata pretensión. Cuando menos se lo espera, el viajero experimenta una atracción poderosa que le lleva a tratar de desentrañar los misterios escondidos tras la maleza que con el paso del tiempo se ha apoderado del lugar haciendo del monumento invadido un espacio tan apetecible como enigmático y, por ende, desafiante.

Monasterios desamortizados, cerrados al público por su condición de propiedad privada, en los que conviene adentrarse aun a riesgo de la propia seguridad física, amenazada por la dificultad del acceso. A la postre, el esfuerzo realizado se compensa con creces. La luz del día lo propicia al permitir conectar visualmente con ese entramado de tonalidades en el que la piedra, magníficamente tallada, crea el contrapunto con la zarza invasora. Salvada la barrera, el hecho de encontrarse sumido en el silencio del claustro, durante tanto tiempo abandonado, motiva la sensación de que la memoria patrimonial ha sido recuperada. Monasterio premostratense de Santa Cruz de Ribas, en Palencia.